Educación

Inspirado por el brillante artículo de Gerard Valldeperes, Educació: monopoli de l’Estat?, me gustaría dedicar este escrito a plasmar algunas ideas que llevo tiempo formando sobre este tema.

La educación es sin duda una de las dimensiones más importantes de nuestras vidas. Es aquello que nos diferencia de los demás animales que habitan este planeta. Pero  la capacidad de pensar y aprender no sólo nos separa del resto de criaturas, sino que además es lo que nos define como especie.

Tal es nuestro afán por la educación que como “sociedad” hemos decidido que la “provisión” de educación debe estar garantizada a todo el mundo. Así pues, como colectivo, a través del Estado, hemos creado un sistema que aparentemente nos ofrece educación “gratuita”.

Ingenuamente, pensamos de forma intuitiva que la educación gratuita es una bendición. A fin de cuentas, ¿qué persona moral se opondría a que todos podamos beneficiarnos de la incalculable utilidad que nos brinda la educación? Ninguna.

Y es por eso, que lo primero que debemos apreciar es que nada puede ser gratuito. Ni la sanidad, ni la educación, ni nada. Debemos apreciar que “gratuito” significa no hacer pagar a los usuarios directamente, sino socializar el coste al resto de la sociedad que lo pagará vía impuestos. Podemos discutir los méritos o desventajas de esta transferencia, pero debemos entender lo que es.

Asimismo, debemos desprendernos de la noción de que más educación será siempre mejor. Vivimos limitados por el tiempo y las dotaciones del planeta. Todo lo que invirtamos en educación es algo que se deja de invertir en otras cosas; sanidad, pensiones, seguridad…Si más educación fuese siempre mejor, llegaríamos al absurdo de invertir todas nuestras fuerzas en educarnos. Resulta obvio que este no es un escenario ni realista, ni deseable.

Pero quizás, más importante sea aún destacar lo que el compañero Gerard captura casi a la perfección en el título de su artículo; Educació: monopoli de l’Estat? Y digo casi, porque tan solo cambiaría la interrogación del final por una indignada exclamación.

Son pocos los que aprecian que la promesa del Estado de proporcionar educación “gratuita” no viene exenta de condiciones y costes. La educación será gratuita, sí, pero el Estado será el que decida la forma que tome la oferta. Es decir, que la educación que provee, y a menudo, nos fuerza a “consumir”, el Estado, no será el resultado de las decisiones de la gente, ni de sus preferencias, ni de sus necesidades. Será un modelo rígido impuesto por el Estado a todos por igual.

En esencia, cuando cedemos el monopolio de la educación al Estado, desaparece nuestra libertad de elección. Y es que la presión que ejerce el Estado no se limita a sus centros propios. En España, por lo menos, incluso los centros privados o concertados tienen que adherirse a la regulación que impone el gobierno.

Por poner unos ejemplos; en España la educación es obligatoria de los 6 a los 16 años. Los estudiantes deben acudir a la escuela 25 horas a la semana a lo largo de 5 días, organizarse en grupos de no más de 25 personas y estudiar un contenido decidido políticamente que es el mismo para todos. Y esto es solo la punta del iceberg…

Y yo me pregunto.¿Y si no quiero que mis hijos pasen tantas horas en el colegio?¿Y si me parece más importante el arte que las matemáticas?¿Y si a mi vecino le parece lo contrario?¿Y si no me gusta el contenido en general, o el tamaño de las clases?

Las objeciones pueden ser infinitas y lo que vengo a decir es muy simple. Un tamaño no vale para todos y eso es precisamente lo que nos impone el Estado, un modelo igual para todos.

Precisamente por la inmensa importancia que tiene la educación tenemos que permitir que las fuerzas del mercado orienten las acciones de los consumidores y oferentes. Dicho de otra forma, hay que dejar que la oferta y demanda de educación sean el resultado de las decisiones individuales de las personas, la experimentación descentralizada y la sana competencia entre centros educativos. Dicho de forma más clara; hay que dejar que la gente decida la educación que ellos mismo quieren para ellos o sus hijos. Asimismo, hay que dejar que, libres de la interferencia Estatal, los centros puedan adaptarse a las necesidades del consumidor.

De lo contrario, la bendición de la educación, puede convertirse en nuestra perdición.

Primeramente, porque nos sometemos al inmovilismo Estatal. Por definición, el sistema que impone el Estado es estático. La innovación no puede ocurrir en un marco de completa centralización.

No es sorprendente, pues, que el sistema educativo que tenemos ahora sea tan reminiscente del que teníamos en el siglo XIX. Los tiempos han cambiado, pero la educación no, y los estragos que esto está causando en el mercado laboral son más que evidentes.

Concretamente, en 1970, las habilidades que más valoraban las empresas más exitosas en sus trabajadores eran escritura, cálculo y lectura. A día de hoy, las mismas empresas destacan la capacidad de resolver problemas, el trabajo en equipo y la comunicación interpersonales como lo que más valoran a la hora de contratar. No significa que la educación convencional sea una pérdida absoluta de tiempo, pero conviene cuestionarse nuestras necesidades educativas, en vez de aceptar plácidamente lo que nos ofrece el Estado.

En segundo lugar, tomando una posición algo más cínica, no es difícil imaginar cómo los gobernantes que controlan la educación tendrán incentivos perversos para instrumentalizar su uso en su favor.

En efecto, es muy posible que la transmisión de conocimiento y valores que debe realizar la educación, se convierta en un ejercicio de adoctrinamiento y de represión de conocimientos.(No son pocos los episodios históricos).

Los gobernantes, tienen un propósito muy claro a la hora de educar a la ciudadanía: preservar el status quo. Cualquier forma de gobierno, sea una monarquía, una república o una democracia, necesita de la aprobación, por lo menos tácita, de la mayoría de sus súbditos.

Así pues, ¿qué mejor manera de asegurarse nuestra aprobación que inculcárnosla desde nuestra más tierna infancia?

El Estado es bueno y vela por nuestra seguridad y bienestar. La democracia es siempre justa porque decidimos entre todos. La acción política es capaz de conseguir cosas que la iniciativa privada no. De forma muy encubierta, se nos enseña que, si bien no los políticos individualmente, el “Estado”, es una entidad más sabia y moral que cualquiera de nosotros. Es necesario.

O centrándonos más en economía. ¿Por qué el keynesianismo se ha convertido en la corriente dominante de pensamiento económico?¿No es el keynesianismo más que una justificación para la intervención Estatal?¿Una excusa para aumentar su poder?¿Podría ser que, como las instituciones que nos educan son públicas, les interesa transmitir la idea de que el sector público es necesario, incluso, indispensable para la economía?

No hay que ser inteligente para saber que lo que  hace el Banco Central es esencialmente imprimir dinero y dárselo a sus amigos. Es ilegal y es inmoral. Tan solo hace falta salir del marco keynesiano para verlo. Pero las teorías de Keynes se han convertido en un dogma económico. La relación simbiótica Estado-Intelectuales (en su mayoría economistas keynesianos) no es más que una evolución de la relación Monarca-Sacerdote (Iglesia).

Y ya sabéis que quien desafía las enseñanzas de la iglesia arde en la estaca.

Con esta imagen me gustaría concluir  este artículo.

Hoy hemos investigado los problemas que tiene la monopolización de la oferta de educación. Que es imposible que un sistema estatal responda a nuestras necesidades y que la educación es susceptible a ser instrumentalizada en nuestro detrimento. Por ello la llamada espada de doble filo. Las virtudes de la educación y la transmisión de conocimientos, uno de los mayores regalos que nos brinda la vida, puede convertirse en nuestra perdición. De la búsqueda del conocimiento, pasamos a la represión y persecución. De la formación de personas competentes y sociales, a la formación de personas incompetentes y asociales.

La educación que tenemos hoy aplasta la creatividad y la individualidad. Nos enseñan a ser máquinas, incluso esclavos. Nos enseñan a escuchar y repetir. A respetar la autoridad y hacer las cosas igual que los demás. A creernos con fe ciega lo que nos dicen. No es hasta que entras en la universidad que quizás se pone algo más de énfasis en desarrollar el pensamiento crítico. Pero durante todos nuestros mejores años formativos, nuestra infancia y adolescencia, somos instruidos para seguir órdenes.

Nos hemos desentendido de la más pura esencia de la educación: que ha de ser un proceso de autodescubrimiento proactivo. El aprendizaje es un viaje en el cual el profesor tan solo nos puede guiar. La educación es ante todo eso. Pero en vez de ser todo eso y más nos conformamos con encerrar a nuestros hijos en aulas donde son obligados a memorizar lo que les diga el profesor con el solo fin de poder reproducirlo en el examen y poder escapar eventualmente del depresivo y miserable sistema de educación obligatoria.

Éstos son sólo problemas de oferta. Ni siquiera hemos empezado a hablar de los problemas de demanda producto de la socialización de costes. Esta cuestión es igual de importante. Porque probablemente, muchos de vosotros estáis en parte de acuerdo con lo que he dicho, pero seguiréis considerando que la intervención en educación es necesaria para que los más necesitados puedan acceder a ella. Os dejaré pues con esta última consideración:

Si lo que nos preocupa es que la gente no pueda permitirse educación, limitémonos a  financiarla. Ya sea mediante la iniciativa voluntario, o si pensáis que es moral, a través de la coacción Estatal, podemos gozar de una educación “gratuita” sin que el Estado controle cada dimensión de la oferta.

Por su incalculable importancia, recuperemos el control de la educación. Recuperemos nuestra autonomía y nuestro poder de decisión. Recuperemos, sin más, nuestra libertad.

James Foord, estudiante de 3ero de Economía en UPF, miembro de Students for Liberty Barcelona, y autor de http://www.21stcenturyeconomics.wordpress.com

Referencias

Juan Ramón Rallo: Una revolución liberal para España.

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