El mito de la sanidad estadounidense

A menudo, los detractores del mercado libre utilizan el ejemplo de la sanidad en los Estados Unidos para defender su posición. Supuestamente, en U.S.A., el sistema sanitario es libre, pero, en contra de lo que intuye la teoría económica, los precios de los tratamientos son mucho más altos que en Europa, por ejemplo, y el gasto sanitario es más elevado.
Por un lado, sí que es cierto que en Estados Unidos, el gasto en sanidad está muy por encima del gasto en Europa, no se puede discutir con la evidencia empírica. Lo que no es cierto, o que por lo menos necesita matizarse de forma extensa, es la afirmación de que el sistema sanitario es privado, o libre.

Lo cierto es, que la sanidad en Estados Unidos, sí que es más “libre” que en Europa, pero el Estado, sigue interviniendo de forma muy activa en el mercado sanitario, y esto es lo que veremos a continuación.

La sanidad estadounidense

A groso modo, podemos distinguir dos elementos fundamentales del mercado sanitario, o de cualquier otro mercado; la demanda y la oferta. El gobierno estadounidense, interviene en ambas.
Aunque poca gente lo sabe, la demanda de sanidad está subvencionada en Estados Unidos. Ya desde los 60, se iniciaron los programas de Medicare y Medicaid, que básicamente, proporcionaban seguros médicos “gratis” para ciertos grupos; principalmente, personas de edad avanzada y personas con rentas bajas. Las recientes reformas del plan de Obamacare, no son más que extensiones de estos programas y no representan un paradigma nuevo.

Este modelo, lleva inevitamblemente a que los gastos se disparen, ya que, cuando el gobierno es el que paga la cuenta, no hay ningún incentivo para reducir costes.

Pero el gobierno, no solo estimula la demanda de forma directa, sino que también altera la estructura del gasto en sanidad a partir de su sistema tributario
Un estadounidense que no tenga seguro y quiera someterse a un tratamiento, deberá pagar no solo el coste del tratamiento en sí, sino además, una elefantiásica imposición fiscal del 50%. Por el contrario, si este tratamiento forma parte de un seguro contratado por la empresa para la que trabajas, la imposición fiscal es nula. Obviamente, esto crea incentivos para que los seguros sanitarios se negocien con las empresas, en vez de ser contratados de forma individual. ¿Es esto necesariamente un problema? No es que sea una mala práctica que las empresas ofrezcan seguro sanitario. El problema está en cómo la intervención estatal distorsiona el comportamiento natural de la gente, creando incentivos que no responden a factores del mercado en sí, sino a factores que resultan de la actuación gubernamental. El sistema que se impone en Estados Unidos, lleva inevitablemente a que los estadounidenses estén sobreasegurados.

Para entender este concepto, conviene remarcar lo siguiente: No todos los gastos sanitarios tienen porque cubrirse con la contratación de un seguro.
Los seguros, cumplen la función distribuir el riesgo. Así pues, es natural que la gente obtenga seguros contra incendios, o que los tratamientos para el cáncer estén asegurados(ya que de no estarlo, podrían someternos a una carga financiera imposible de soportar). Pero no todos los gastos sanitarios son lo que llamaríamos catastróficos. Parte del gasto sanitario, la mayor parte quizás, se debe al coste que supone el paso del tiempo. No es algo que sea evitable, ni que dependa de un factor aleatorio de riesgo, sino que son costes que todos debemos soportar. De este modo, es razonable pensar que en un mercado realmente libre, parte del gasto sanitario se financiaría a partir del ahorro propio, y no a través de las aseguradoras. Pero en Estados Unidos, esto no ocurre, debido a lo que ya hemos explicado.

Resumiendo:
-El Estado subvenciona directamente la demanda.
-La tributación, distorsiona la genuina estructura del gasto sanitario, canalizando una mayor parte a los seguros. Al socializarse el coste en los seguros, existen incentivos de nuevo para sobre-consumir en recursos sanitarios.
Lo que se desprende de estos dos puntos se puede resumir de forma simple y compacta en la siguiente oración: Los estadounidenses, tan solo pagan un dólar de cada diez que consumen en sanidad. Es decir, que pagando solo un dólar, un estadounidense puede consumir diez veces más.
Esto quiere decir, que el 90% de la demanda está financiada por fuentes externas. En concreto, el 45%, es atribuible directamente al Estado y el otro 45%, a las compañías aseguradoras.
No es sorprendente, pues, que el gasto sanitario en U.S.A. se haya disparado en las últimas décadas. Pero esto, poco tiene que ver con que sea un mercado libre. Es precisamente la intervención estatal la que crea los incentivos para sobre-consumir. Así pues, los altos costes de la sanidad estadounidense, son el resultado de una demanda fuertemente intervenida, y una oferta relativamente “libre” que se va ajustando a estos incrementos de la demanda.
Pero decir que la oferta sanitaria en Estados Unidos es libre, también sería quedarse corto. Sí que es cierto, que existen diferentes aseguradoras que pueden vender sus servicios más o menos como quieran, y esta es la mayor diferencia que el sistema sanitario estadounidense presenta frente al europeo. Pero el sector sanitario estadounidense, no está exento de las muchas prácticas oligopólicas que existen también en Europa. Ejemplos de esto son las costosas licencias médicas, o el fuerte sistema de patentes farmacéuticas.
Ya que estamos en el tema, convendría comparar el funcionamiento de la sanidad estadounidense, con el sistema europeo.

La sanidad en Europa

El sistema sanitario en Europa, se puede definir simplemente, como un sistema de racionamiento. Para explicar la gran diferencia entre el sistema estadounidense y el europeo, me gusta hacer uso de la siguiente analogía: Imagina que entras en un restaurante, se te presenta una carta, y se te dice que puedes consumir todo lo que quieras y en las cantidades que quieras, pero solo tendrás que pagar el 10%, este es el sistema estadounidense. Por el contrario, en el restaurante europeo, no tienes que pagar absolutamente nada, pero las opciones en la carta son mucho más limitadas, y el mismo restaurante, establece un límite a cuanto puede consumir cada cliente.
Si en los Estados Unidos, decíamos que la demanda estaba intervenida y la oferta era relativamente libre, en Europa, tanto la demanda como la oferta, vienen impuestas por nuestros magnánimos planificadores centrales. Existe una “ventaja” a este sistema frente al estadounidense. Y es que , al racionar la demanda, los Europeos evitan que el gasto en sanidad se dispare como lo hace en Estados Unidos.
Sin embargo, existen cuestiones, ya no económicas, sino filosóficas, sobre el modelo sanitario propuesto en Europa. Al fin y al cabo,¿no debería cada ciudadano poder decidir cuánto quiere gastar en sanidad?¿ Cómo gestionar este gasto?¿Qué médicos le gustaría que le atendiesen, y bajo qué condiciones? El sistema sanitario europeo, deja todas estas decisiones tan importantes fuera del alcance del consumidor. La más simple y clara evidencia del desajuste ente oferta y demanda y del descontento de los consumidores, es el hecho de que, aun pagando y pudiendo disfrutar de la sanidad pública, el 30% de los europeos contratan a su vez pólizas privadas.

Pero sin duda, el mayor problema al que nos enfrentamos los europeos en temas de sanidad, es el siguiente: Un modelo productivo centralizado, no tiene la capacidad, ni los incentivos para  innovar.
Las innovaciones, tan solo pueden manifestarse de un modo descentralizado, a partir de la inventiva de algún empresario que ponga en marcha un modelo productivo distinto. Si su idea es un éxito, este nuevo modelo será imitado, y se expandirá hasta alterar todo el mercado. Pero el modelo centralizado, no tiene la capacidad de hacer esto. Una innovación supone un cambio que puede ser arriesgado. Si de un día para otro nuestros planificadores decidieran alterar el modelo de nuestro mercado sanitario, nos sumiríamos en el chaos. Las innovaciones, como ya he dicho, se han de adoptar poco a poco. Desgraciadamente, en un modelo centralizado, no existe lugar para el gris, tan solo hay blanco y negro.

Así pues, sin duda, el mayor coste que tendremos que soportar los europeos, en temas de sanidad, es el coste de oportunidad que supondrá el estancamiento de nuestro sistema, falto de cambios e innovaciones que ya se están realizando en otros países y que podrían llegar a reducir los costes de algunos tratamientos en un 90%, algo que ya es una realidad en la India.

¿Pero existe  alguna alternativa a este sistema? ¿Algún modelo que permita que la oferta se ajuste a la demanda, que promueva la investigación y la innovación, y que sea accesible para todos?

Un mercado sanitario libre

Como cualquier otro mercado, ¿Por qué no podemos asumir que la mejor distribución y provisión de sanidad ocurriría en un mercado sin intervención? ¿Un mercado donde cada individuo pueda hacer uso de su dinero como mejor le parezca, donde hospitales y aseguradores compitan para ofrecer el mejor servicio y el mejor precio?
Entiendo que para muchos la sanidad es un tema delicado. Y es natural que nos invada el miedo, cuando imaginamos un mercado sanitario libre, de que algunos pobres ciudadanos queden desamparados y no puedan acceder a estos servicios que son de vital importancia.
Pero esta simple y comprensible consideración, no debe dar pie al sistema de racionamiento que tenemos hoy. Tan solo por que creamos que algunas personas podrían quedar excluidas de un sistema sanitario libre, no justifica que el Estado se ocupe de manejar el mercado entero y que todos los ciudadanos nos tengamos que someter a sus condiciones.
Dicho de otra forma, si la verdadera preocupación, y creo que la es, es que haya gente que no pueda acceder a servicios sanitarios en un mercado libre, bastaría con que, de forma excepcional, el Estado cubriese los costes sanitarios de aquellos más desfavorecidos. Pero en ningún momento sería necesario que el conjunto de la oferta, la cantidad, los servicios prestados, los proveedores y la misma investigación fuesen seleccionados de forma centralizada. Esta función tan solo la puede cumplir el mercado.
Más aún, pienso que la intervención del Estado en el sistema sanitario podría llegar a ser completamente nula, cumpliendo su función auxiliar la misma iniciativa privada, y a partir del incrementado nivel de prosperidad. Al fin y al cabo, ya existe hoy en día un mercado más importante aún que el sanitario, que no requiere de ningún tipo de intervención estatal para garantizar que todas las personas puedan acceder a él. Me refiero, por supuesto, al mercado alimenticio. Sin necesidad de que el gobierno ejerza ninguna fuerza redistributiva, todos los habitantes del primer mundo, por lo menos, tienen a su disposición más comida de la que les sería necesaria.
La abundancia y el increíble entramado de relaciones y operaciones que conforman el sector alimenticio, son resultado, y muestra, de que el capitalismo funciona. De nuevo, no hay razón para pensar que lo mismo no pueda ocurrir con la sanidad.

Espero que con este artículo, haya contribuido a mejorar el entendimiento, tanto económico como social, sobre una de las cuestiones más importantes de nuestro tiempo.

James Foord, estudiante de Economía en la UPF, editor de Pompeunomics y autor de 21stcenturyeconomics.wordpress.com

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